El cielo nocturno de Iliana Rodríguez

Zulai Marcela Fuentes

Iliana Rodríguez, Claroscuro, México, Ediciones Mixcóatl, 1995 (Colección Poesía, 5), 19 pp.

Para Iliana Rodríguez, la luz es definitivamente nocturna y la noche sideral una legenda de magia porque, para ella, en el cielo nocturno infinito han de leerse los cuerpos luminosos, y esa lectura consiste en fabricar imágenes (“artificios de alquimia”, como ella describe) y construir poesía con palabras ocultas “bajo cada adoquín de la ciudad”. En el material que hoy nos ofrece, la atmósfera que ilumina la mirada de la poeta es el ámbito delineado y definido de su propio mundo, en este caso, afectivo, y los espejos que brillan en la noche son objetos amorosos a quienes dirige sus palabras. Pero, a diferencia de otras escrituras líricas de corte autorreferencial, que difícilmente traducen la experiencia inmediata del autor, Iliana logra irradiar su luz poética a mayores distancias gracias a la destreza formal que aplica al escribir. Es aquí donde hay que poner el énfasis al analizar su trabajo. Puede que sus temas no sean originales, pero el tratamiento está impregnado de imágenes y metáforas complejas, muy elaboradas, como cuando dice:

Violín,
domador de locos,
deshaz esta ficción de lunáticas marañas
que capturó bosques enteros
y fatigó la magia de los caracoles

o se refiere a un fantasma como a una “estatua de humo” y esa forma única de describir el crepúsculo:

Una gota de sangre oxida
el cielo de latón

y las figuras eróticas y diamantinas para decir:

esa tu lengua, daga transparente
que cae sobre mi espalda.

Nada es casual. Los versos no deben su ritmo y armonía a la buena fortuna. Porque Iliana no escribe “de puro oído” ni como Dios le dé a entender. Ella supo, temprano, que sólo ejercitando las formas líricas existentes podría educar el oído fino que ya poseía, entrenar los ojos y nutrir el ritmo interno y la mente para dejarse llevar por las lecturas sistematizadas y el aprendizaje graduado que significa la disciplina literaria. Por eso es capaz de hacer un romance muy majo en homenaje a ese inagotable venero que es sor Juana, romance por demás lleno de imágenes intensas y angustias existenciales.

En el cielo interior de Iliana pasamos, así, de una luz nocturna con referencia en la realidad de una noche —la más clara del milenio— donde ella observa desde su ciudad, nuestra ciudad, cuyos huesos desnudos se congelan en penumbra. ¿Qué son entonces estos tres tiempos de luz nocturna que forman los tres apartados de su Claroscuro? Para mí, la presencia plena del amor; por otro lado, la búsqueda desesperada y a veces desesperanzada del amor y, finalmente, la pérdida del mismo: soledad, espectros, “el absolutismo desdeñoso de la noche”, para expresarlo como Tomás Segovia, tan sabio en luz. Es aquí, en la oscuridad, donde se levantan muros de asfixia y las palabras se pierden en los pasillos laberínticos de Babel, para encontrar como única posible salvación el silencio en cuyo centro brilla la mirada, como nos dijo alguna vez ese otro faro de la poesía que es David Huerta, en su Jardín de luz. De nuevo, en este final, la forma embellece el recuerdo cuando nos habla de aquel eclipse inolvidable del 91 en que el viento cabalgó en negros corceles y reventó sus belfos de terror y fue muy breve, muy fugaz la oscuridad. En ese conjuro de la noche veremos a Iliana, cuando el rayo de luz diurna la ilumine a ella, a nosotros y a todo lo que nos rodea, cuando despertemos de nuestras pesadillas y asistamos a la celebración del canto solar y de la poesía a plena luz. Contemos con ello en un futuro y más rotundo poemario que no se dé tanto a esperar.

(Reseña publicada en: Órbita, México, enero de 1997, p. 24.)

D.R. © Zulai Marcela Fuentes, 1997
D.R. © Órbita, 1997
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